Los
líderes nacionalistas gozan del poder político y de ventajas y
privilegios económicos. Ellos son, como cabía esperar, los primeros
beneficiarios del tinglado que controlan. Sin embargo, a los seguidores
del nacionalismo los políticos nacionalistas les inyectan dosis
considerables de odio, frustración, rencor, temor, cólera,
insatisfacción continua, animadversión... una cantidad enorme de
sentimientos negativos. Para los líderes, lo bueno: el poder, las
ventajas, y diversas clases de prebendas. Para los nacionalistas e
indenpendentistas de la calle, la porquería: las emociones negativas.
Así pues, impera en el ámbito nacionalista la ley del embudo: para mí lo
ancho, para ti lo estrecho.
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